Orígenes
Los orígenes de la épica peninsular resultan oscuros y, pese a la existencia de voces que niegan su existencia con anterioridad al siglo XIII y ligan la redacción de los textos a iniciativa de autores cultos vinculados a centros monásticos o clericales, los ecos de antiguos cantares de gesta y las noticias sobre su difusión y aprecio reverberan ya en los textos desde finales del siglo XI, y afloran también en la historiografía y poesía latinas del siglo XII. La célebre Nota emilianense, una breve glosa al margen del folio 245v del códice 39 de la Real Academia de la Historia, que contiene un testimonio de la Crónica Albeldense, fechada entre 1065 y 1075, certifica la difusión de la materia épica carolingia en los reinos cristianos peninsulares ya en el siglo XI. Una parte de esta nota reza lo siguiente: «At ubi exercitum portum de Sicera transiret, in Rozaballes a gentibus Sarrazenorum fuit Rodlane occiso». Esta nótula resume, sin duda, un relato de origen épico de la expedición de Carlos a Zaragoza en el año 778 y del desastre de Roncesvalles, que apunta, quizá, a una versión muy temprana de la leyenda de Roncesvalles, distinta y anterior a la de la célebre Chanson de Roland (c. 1090) conservada en el manuscrito de Oxford, considerado el primer cantar de gesta románico. ¿Escuchó el escoliasta de San Millán la gesta de Roldán en francés u occitano, o ya en una versión hispánica en navarro o castellano?
La primera noticia sobre una épica vernácula peninsular, circunscrita a los reinos de Navarra y Castilla, aflora en el Carmen de expugnatione Almariae urbis, el llamado Poema de Almería, una composición latina en verso que celebra la toma de Almería por Alfonso VII en 1147 y que cierra el texto de la Chronica Adefonsi Imperatoris (c. 1147-1148). Allí se menciona a Rodrigo Díaz de Vivar junto con Alvar Fáñez, se vincula esta pareja con la de Roldán-Oliveros, se denomina a Rodrigo, por primera vez en las fuentes escritas, como Mio Cid y se alude a que ese Mio Cid era objeto de cantos. Esa mención de 1147-1148 a «Ipse Rodericus, Meo Cidi saepe vocatus / de quo cantatur» certifica que el Cid era ya objeto de cantos y leyendas en las décadas centrales del siglo XII.
Rodrigo Díaz de Vivar (c. 1048 – 1099), el Cid Campeador, resulta el héroe épico castellano por antonomasia, y en torno a su vida giran tres de los cuatro poemas épicos conservados, así como buena parte de los poemas épicos perdidos. El poema épico castellano más conocido, estudiado y leído es, sin duda, el Poema de mio Cid, conservado en un manuscrito único copiado en el siglo XIV, pero compuesto en la segunda mitad del siglo XII o en los primeros años del siglo XIII; antes de 1207, en todo caso, como certifica la subscriptio copiata del manuscrito, donde se señala que este fue escrito o copiado por un tal Per Abbat en mayo de 1207. La mención del Poema de Almería puede complementarse con algunas noticias sobre el Cid mencionadas en tres textos latinos de finales del siglo XII, la Historia Roderici (c. 1185-1190), la Chronica Naierensis (c. 1190) y el Carmen Campidoctoris (c. 1190).

El primero es una historia latina de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, en el segundo, también un texto historiográfico, se resumen y prosifican varios poemas épicos, entre ellos un *Cantar de las particiones, en el que se insertarían las hazañas del Cid en su mocedad como vasallo al servicio de Sancho II y guardián celoso de su memoria frente a Alfonso VI, a quien la leyenda hace responsable de la muerte de su hermano Sancho II, origen del también legendario episodio de la jura de Santa Gadea. El tercero es un panegírico latino elaborado hacia 1190 que tiene como fuente la Historia Roderici y del que solo se han conservado poco más de un centenar de versos, que exaltan la figura de Rodrigo Díaz de Vivar. Por último, en el que parece el texto en prosa romance más temprano, el Libro de las generaciones y linajes de los reyes (c. 1194-1196) o Liber regum, una compilación genealógica, también reverberan ecos de la épica. Por un lado, en este se menciona a Rodrigo Díaz, al que se llama Mio Cid el Campeador, apelativo completo que solo se da en el Poema de mio Cid y, por otro, las noticias sobre su linaje y hazañas que recoge este texto, como la lanzada que propinó el Cid al traidor Vellido Dolfos, asesino de Sancho II ante las puertas de Zamora, solo pueden proceder de uno o varios poemas épicos anteriores sobre la vida del Cid (¿El Poema de mio Cid y el *Cantar de las particiones?).

Esta cascada de noticias, hechos y datos acerca de Rodrigo Díaz de Vivar, contrastada contra el fondo del año de 1207 que figura en el manuscrito de Vivar, única fecha cierta y segura de todo el corpus testimonial épico peninsular, apunta a la existencia de un ciclo épico cidiano ya en la segunda mitad del siglo XII, cuya cabeza de serie pudo ser el *Cantar de las particiones y no el Poema de mio Cid: para muchos críticos, como Mercedes Vaquero, el Poema de mio Cid resulta un texto tan singular y tan poco canónico que no puede concebirse como el poema fundacional del género épico en la península ibérica.
Es muy posible que antes de mediados del siglo XII se cantaran otros poemas épicos, hoy perdidos, como el *Cantar de los infantes de Salas, cuya composición se ha llegado a situar en el siglo XI, hacia el año 1000, de acuerdo con Alan Deyermond, o el *Romanz del infant García, poco posterior. Si bien la existencia de estos textos resulta indudable gracias a su prosificación en las estorias alfonsíes, grandes dudas ofrece su fecha de composición, pues la línea que liga los textos con su cronología es tan delgada que puede quebrarse debido a posibles refundiciones y versiones, por lo que el límite cronológico que nos es dado reconstruir para la épica peninsular con el solo apoyo de la documentación no puede ser anterior a finales del siglo XI (nota emilianense), frontera que separa la historia de la épica de su prehistoria.
¿Épica vernácula?
Fijado el horizonte de la épica hispánica en los límites cronológicos del siglo XI, gracias a los datos de la nota emilianense y a la leyenda de los infantes de Lara, debe descartarse, por falta de pruebas, la hipótesis de que existieron gestas perdidas que remontarían a la época de la conquista musulmana y el final del reino visigodo, pese a los esfuerzos de Menéndez Pidal por aseverar lo contrario. Orillada así la hipótesis del origen germánico-visigótico de la épica, cabe preguntarse si existió una épica vernácula o si, por el contrario, esta arraigó en la península por influencia de la épica francesa, de registro más antiguo (la Chanson de Roland se compuso hacia 1090) y más fecunda vena, a juzgar por el respetable tamaño del corpus conservado, de aproximadamente ciento veinte poemas y un millón de versos plasmado en más de trescientos códices, frente a los exiguos cinco mil versos de los cuatro poemas de la épica hispánica supérstite, transmitida solo por tres códices y un impreso. Si en un primer momento la filología románica juzgó la épica hispánica como una tradición derivada de la francesa, pocas dudas puede haber hoy, desde la publicación del libro de Diego Catalán La épica española en 2001, de la existencia de una tradición épica vernácula en los reinos de Navarra y Castilla, incluida por las chanson de geste francesas, sí, pero independiente y distinta de estas. La épica hispánica se distingue de la francesa tanto por el papel dominante que las mujeres tienen en muchos poemas, no solo ligadas al deseo sexual, sino también como figuras de poder como por el desenlace feliz que rompe con el patrón clásico de afrenta-venganza violenta, desenlace sustentado en una visión política que trata de superar el estrecho marco de una sociedad de clanes regida por el derecho germánico para alumbrar un nuevo marco social y jurídico basado en la recepción del derecho romano, cuyo exponente máximo es el Poema de mio Cid.
Este debate, antiguo en la filología románica, entronca con otra polémica todavía no resuelta, que atañe a la disputa entre tradicionalistas e individualistas, representada en las figuras de Joseph Bédier y Ramón Menéndez Pidal. Bédier rechazó que los poemas épicos fueran la plasmación de relatos legendarios en forma poética por un juglar que encarna el espíritu de todo un pueblo y defendió, en cambio, que todo poema épico obedecía a la creación de un solo individuo, generalmente un clérigo ligado a un centro eclesiástico, al que pretendía favorecer mediante la propaganda que se desprendía del contenido ideológico del propio poema. La tesis individualista encontró, en el caso de la épica castellana, a su máximo paladín en la figura de Colin Smith, quien defendió que el Poema de mio Cid lo escribió Per Abad, un abogado y letrado burgalés al servicio del monasterio de San Pedro de Cardeña, partidaria de la hipótesis individualista y de la una génesis culta del poema, ligada a Cardeña, es Irene Zaderenko, quien en varias de sus publicaciones ha manifestado su convicción de la autoría de Per Abad. Menéndez Pidal, por el contrario, defendió siempre la postura inversa, denominada tradicionalista, pues esta veía en los cantares de gesta una obra en constante re-creación que tenía su origen en la tradición oral colectiva, moldeada a lo largo del tiempo por distintos juglares que refundían y adaptaban los textos épicos en sus recitaciones; la fijación por escrito sería el último eslabón de esa cadena ininterrumpida de tradición oral. Se comprenderá, por ello, que Menéndez Pidal defendiera siempre el carácter vernáculo de la épica castellana, frente a las voces de quien, como Gaston Paris o Joseph Bédier habían defendido el ascendiente de la épica francesa sobre la castellana. Pidal estimó que el mio Cid conservado no era sino la última copia de una cadena de refundaciones, y defendió siempre una fecha temprana para el texto, compuesto según él hacia 1140, y un autor laico anónimo, «juglar docto y altísimo poeta». La escuela de Filología española cerró filas con su maestro en estos puntos, por los que han transitado Rafael Lapesa y Diego Catalán, autor de una importante monografía, publicada en 2001, que puede considerase la síntesis de esta línea de pensamiento. El debate, lejos de estar cerrado, se complica por la posible pero discutida influencia árabe sobre la épica hispánica, defendida, entre otros, por Álvaro Galmés de Fuentes, Francisco Marcos Marín o Dolores Oliver Pérez, quien defiende incluso la (improbable) hipótesis de un autor árabe para el Poema de mio Cid.
A vueltas con esta cuestión se encuentra entrelazada la no menos polémica disputa acerca del carácter oral de la épica primitiva, pues si no caben dudas acerca de la difusión oral del género, no existe acuerdo en lo que toca a su también posible génesis oral, abrazada por los tradicionalistas y desdeñada por los individualistas. La hipótesis del oralismo, defendida por la teoría de las cantilenas de Gaston Paris o los cantos noticieros de Menéndez Pidal como germen de los antiguos cantares de gesta, cobró nuevos bríos tras los estudios de Milman Parry y Albert B. Lord, quienes defendieron que la épica fue un género de composición oral surgido de la improvisación y la repetición de fórmulas tradicionales. En su obra The Singer of Tales Parry y Lord estudiaron cómo juglares analfabetos de los Balcanes eran capaces de recitar de memoria poemas tradicionales de miles de versos, que re-creaban mediante la aplicación de esquemas formulaicos semifijos que improvisaban en cada representación sobre una base estable de tramas y temas. Estos estudios representaron, para muchos, una confirmación de la hipótesis tradicionalista de Menéndez Pidal, y abrieron nuevas vías para el estudio de las fórmulas y los temas de la épica hispánica.
Características formales y temáticas
Dos características formales singularizan a la épica castellana: 1ª) el verso anisosilábico, esto es, no sujeto a cómputo silábico, dividido en dos hemistiquios separados por una censura o pausa; 2ª) la rima asonante (fijada en la última sílaba tónica), quizá vinculada a tiradas o series asonantadas de extensión variable, si bien este último aspecto es objeto de controversia entre los críticos. Pocas dudas hay también de que la épica hispánica era un género de difusión oral, esto es, se concibió para ser cantada y recitada; menos consenso y mayores controversias encierra la cuestión de si la génesis de los poemas épicos castellanos fue también oral.
De manera análoga a otras tradiciones épicas europeas, la épica castellana se caracteriza por la coexistencia de la transmisión oral con la escrita, recurre al uso de fórmulas, epítetos épicos y mezcla de estilo directo o indirecto. En muchos de estos recursos estilísticos y compositivos se aprecia un hondo influjo de la épica francesa, cuya difusión en la península ibérica resulta innegable, como ya señalaron Colin Smith, Alan Deyermond, Francisco Rico o Alberto Montaner y ha constatado Pablo Justel en sus investigaciones más recientes. Privativo del solar hispánico parece ser el recurso limitado a la fabulación novelesca, la escasa relevancia de elementos fantásticos o sobrenaturales, la presencia de un marco histórico relativamente próximo que sitúa la «edad heroica» (Castilla en los s. X-XI) cerca de la fecha de composición de los poemas épicos y un conocimiento exacto de la geografía y sus habitantes, ya que muchos de los personajes que transitan por los poemas épicos tuvieron base real, como el Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, o el rey Alfonso VI, lo que se traduce en una marcada verosimilitud (mejor que realismo u historicismo) de la épica castellana, ligada por siempre y para siempre a esa Castilla de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas que espera, duerme o sueña.
Transmisión directa
La reconstrucción del mosaico de noticias y alusiones que recogen todos estos textos, latinos y romances, de la segunda mitad del siglo XII llevan a conjeturar la existencia de un *Poema de mio Cid, sustancialmente idéntico al conservado en el códice de Vivar, con anterioridad a la fecha de 1207 que figura en el texto del testimonio épico más antiguo conservado, el códice BNE VITR/7/17. El Poema de mio Cid se ha transmitido casi íntegro, si bien el manuscrito presenta una laguna textual inicial y dos más en el interior, por lo que los 3730 versos conservados debían ascender a unos 4000 versos en el original, cuya composición hay que situar en la segunda mitad del siglo XII.
Casi dos siglos posterior a la citada nota emilianense debe ser el Cantar de Roncesvalles, una adaptación peninsular de la Chanson de Roland compuesta hacia la tercera década del siglo XIII y conservada de manera fragmentaria, apenas 100 versos, en un bifolio manuscrito del siglo XIV que acusa una fuerte impronta navarra en su lengua. La crítica suele considerar como poema épico al texto llamado Mocedades de Rodrigo, una composición en verso precedida de un fragmento de prosa inicial conservada junto con una copia de la Crónica de Castilla (c. 1295) en el manuscrito Espagnol 12 de la Bibliothèque Nationale de France, copiado en el siglo XV. Algunos piensan que este texto, posiblemente redactado por un clérigo vinculado a la diócesis de Palencia hacia 1345-1360, refunde un poema épico anterior, una *Gesta de las Mocedades de Rodrigo (difícilmente muy anterior a c. 1295); otros estiman, sin embargo, que no es posible conjeturar la existencia de tal poema previo y, en consecuencia, juzgan el texto conservado como una composición poética original, si bien de escaso valor literario, pues representa la decadencia del género épico. Por último, gracias al testimonio de la llamada Crónica particular del Cid, un texto impreso en Burgos en 1512 a instancias de Juan de Belorado, abad de Cardeña, se conoce la existencia de un poema épico menor, el llamado Epitafio épico del Cid.

Es esta una brevísima composición de solo 6 versos destinada a ornar la tumba del Cid en Cardeña, sobre la que se habría inscrito en piedra hacia 1400; la inscripción original se perdió debido a las modificaciones arquitectónicas que sufrió el enterramiento del Cid en el monasterio de Cardeña, pero por fortuna la Crónica particular del Cid acertó a copiar los versos de la inscripción, que conocemos hoy gracias a su testimonio.
Transmisión indirecta
Son solo cuatro, por tanto, los testimonios épicos directos que han sobrevivido hasta hoy a la pérdida de códices y manuscritos y de cuya memoria han guardado recuerdo escrito las horas y los siglos pero, evidentemente, estos cuatro textos son una pequeña parte de lo que debió ser el corpus de la épica hispánica medieval, género cuyas fronteras cronológicas abarcarían, en una cronología laxa, los siglos XI-XIV. Si fijar el inventario de los poemas perdidos no es tarea sencilla y decidir la vida independiente un poema lo es mucho menos, lograr en este punto el consenso de la crítica resulta de todo punto imposible, por lo que nos atendremos a las juiciosas observaciones de Alan Deyermond y Diego Catalán acerca de esta «literatura perdida» medieval.
La crítica estructura el posible corpus de la épica medieval peninsular en torno a tres grandes ciclos poéticos:
1º) el ciclo de los condes de Castilla, al que corresponderían un *Cantar de los siete infantes de Salas, un *Cantar del conde Fernán González (que utilizaría quien compuso en cuaderna vía el Poema de Fernán González c. 1250) y un *Romanz del Infant García;
2º) el ciclo cidiano, formado por un *Cantar de las Particiones del rey Fernando (también denominado a veces *Cantar de Sancho II o *Cantar del cerco de Zamora), el Poema de mio Cid, las Mocedades de Rodrigo (a veces llamado Rodrigo, Crónica rimada del Cid o Cantar de Rodrigo) y el Epitafio épico del Cid;
3º) el ciclo carolingio y anticarolingio, al que pertenecen un *Mainete o *Mocedades de Carlomagno, el Cantar de Roncesvalles y un *Cantar de Bernardo del Carpio.
El ciclo poético más antiguo se sitúa en los tiempos de la Castilla condal anterior a 1065, y parece haber cierto consenso en señalar a la leyenda de los infantes de Salas como el tema épico más antiguo. De acuerdo con Deyermond, el ciclo de los condes de Castilla se singulariza por la presencia de caracteres femeninos fuertes y vengativos, así como por la conexión de los cantares con cultos sepulcrales, San Pedro de Arlanza en el caso del Fernán González, San Salvador de Oña en lo que respecta al Infant García y San Millán de la Cogolla por lo que toca a los Siete Infantes, cuyas tumbas se disputaron también Arlanza y Salas.
La historia de los infantes de Salas se plantea como un conflicto entre clanes castellanos cuya narración sigue el repetitivo esquema de ultraje y venganza en el contexto de un episodio histórico acaecido en el año 990: en el seno de una disputa familiar entre los hijos de Gonzalo Gustioz, los siete Infantes de Sala y su tía política doña Llambra, Ruy Vázquez, tío de los primeros y esposo de la segunda conduce a los infantes a una emboscada con los moros y lleva, con engaños, a Gonzalo Gustioz a caer prisionero en Córdoba. Allí descubre las cabezas de sus siete hijos y la traición de Ruy Velázquez, que años después vengará el bastardo Mudarra, fruto de sus amores con la hermana de Almanzor en su cautiverio cordobés (existen al menos dos versiones distintas de este cantar, no coincidentes en todos los puntos de la trama argumental). El Cantar de Fernán González narra la vida y hazañas del conde castellano, sus conflictos contra navarros y musulmanes y cómo alcanzó la independencia de Castilla, a la que liberó de la servidumbre leonesa y gobernó hasta su muerte y enterramiento solemne en San Pedro de Arlanza en el año 970. Fernán González se presenta así como un conde belicoso, en constante pugna con navarros y musulmanes y rebelde a la autoridad del monarca leonés, imagen sobre la que se moldearía después el Rodrigo de las Mocedades. Por último, el Romanz del Infant García relata el trágico final del último conde castellano, García Sánchez, asesinado a traición en el año 1028 por los condes Vela en León, donde había acudido para desposarse con doña Sancha, hermana del rey leonés Bermudo III. Esta, ultrajada, exige venganza al rey navarro Sancho III, casado con la hermana del malogrado García, quien reclamaría el vacío de poder dejado por la dinastía de Fernán González para poner Castilla bajo la protección de la dinastía pamplonesa.

Es posible que el Cantar de las particiones fuera el preludio del Poema de mio Cid y la cabeza de serie del llamado ciclo cidiano. Este Cantar de las particiones narra los conflictos sucesorios entre los hijos de Fernando I de Castilla, Sancho, García, Alfonso, Urraca y Elvira, que no aceptaron el testamento de su padre y se enzarzaron en una guerra fratricida que llevaría a Sancho, entronizado como rey de Castilla, a encarcelar a García, desterrar a Alfonso a Toledo, arrebatar sus posesiones a Elvira y cercar a Urraca en Zamora. Este núcleo temático se enriquecería con la narración de los rieptos entre los hijos de Arias Gonzalo y los caballeros castellanos, con el objeto de poner fin al cerco de la ciudad, que se levantaría tras la muerte a traición del rey don Sancho a manos de Vellido Dolfos a las puertas de Zamora. Uno de los más significados caballeros de Sancho II, Rodrigo Díaz de Vivar, se erigió en representación de la nobleza castellana y, según cuenta la leyenda, conminó al nuevo rey, Alfonso VI, a jurar que no había sido partícipe de la muerte de su hermano. Es precisamente Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, el protagonista del más famoso y acabado poema de este ciclo épico, el Poema de mio Cid. Este narra la caída y ascenso de este infanzón castellano, que lograría hacerse señor de Valencia y granjearse de nuevo el favor de Alfonso VI, no sin antes tener que defender su honra frente a sus yernos los infantes de Carrión, que habían ultrajado a sus hijas. Contraviniendo las convenciones del género, el conflicto se resuelve no mediante una violenta venganza de sangre, sino con una disputa jurídica en las cortes que defenestra a los infantes de Carrión y logra para las hijas del Cid sendos matrimonios con los infantes de Navarra y Aragón. Las Mocedades del Cid, último poema de la serie, se retrotrae a la juventud de Rodrigo, al que, frente al mesurado caballero del Poema se presenta como vasallo rebelde y altanero, la muerte en duelo del conde don Gómez lo llevará a desposar a su hija Jimena para satisfacer el agravio, no sin antes comprometerse a vencer cinco grandes lides para probar su valía.

Los cantares del ciclo carolingio se inspiran en la célebre materia de Francia, inspirada en el emperador Carlomagno y sus doce pares. El fragmento conservado del Cantar de Roncesvalles certifica el conocimiento y difusión de la Chanson de Roland en la península. El Mainete narra los amores juveniles de Carlomagno en Toledo en la corte del rey Galafre, con cuya hija Galiana acaba desposándose, tras vencer al traidor rey Marsil, al que arrebata su famosa espada Joyosa. Como reacción al éxito fulgurante de los cantares franceses, que se arrogaban el mérito de vencer a los musulmanes en suelo peninsular, se produjo una reacción anticarolingia que cristalizó en el Cantar de Bernardo del Carpio, un héroe castellano seguramente ficticio, hijo de la infanta Jimena, hermana de Alfonso II, y el conde de Saldaña, que lucha contra los franceses y vence al propio Roldán en Roncesvalles.
De los textos conjeturados, marcados con un asterisco (*) y con el artículo indeterminado porque su existencia no es del todo segura, tenemos constancia indirecta debido tanto a su prosificación en la historiografía latina del siglo XIII, como el Chronicon Mundi de Lucas de Tuy (1236) o De Rebus Hispaniae de Rodrigo Jiménez de Rada (1243), como en las crónicas castellanas. La principal de todas ellas es la Estoria de España de Alfonso X en sus distintas versiones: la Versión primitiva (1270-1274), la Versión crítica (1282-84) y la Versión retóricamente amplificada, esta ya compilada en tiempos de Sancho IV (c. 1289). Por desgracia, de las secciones en las que la Versión primitiva prosificaba o resumía poemas épicos solo se ha conservado en el códice regio RBME X-I-4 (sección E2a, cuaderno desgajado de RBME Y-I-2) el *Mainete, pues el resto de los textos se han transmitido solo en códices tardíos: así sucede con el *Cantar de Bernardo del Carpio, el *Cantar de Fernán González o el *Cantar de los siete infantes de Salas, cuyas prosificaciones pueden leerse en los códices de la versión primitiva T (BMP-550) e Y (RBME Y-II-11), por ejemplo. La sección dedicada al Cid en la Versión primitiva alfonsí no se ha conservado, pues quedó inconclusa y en estado de borrador, por lo que para poder leer la prosificación del poema debe recurrirse a la Versión crítica. En el caso del *Cantar de las particiones, tampoco los manuscritos de la Versión primitiva transmiten esta sección textual, lo que obliga a recurrir a la Versión retóricamente amplificada.
La popularidad de la materia cidiana y el éxito literario del que debió gozar el Poema de mio Cid alumbró el nacimiento de una nueva literatura prosística de carácter novelesco, que se tradujo en una «novelización» de la vida del Cid y en una reutilización de los materiales épicos para dar vida a un nuevo tipo de historiografía netamente diferente de la que practicó Alfonso X. Así, la historiografía postalfonsí ofrece también importantes testimonios indirectos de la épica primitiva, difundida, refundida y confundida en multitud de crónicas y estorias. Entre estas descuellan la llamada Interpolación cidiana (c. 1295), la Crónica de Castilla (c. 1295-1312) y la Crónica Geral de Espanha 1344 (1344) de Pedro Afonso, conde de Barcelos. La primera combina el texto del Poema de mio Cid con una historia monacal ligada al monasterio burgalés de san Pedro de Cardeña (la denominada *Leyenda de Cardeña; aunque no todos los investigadores aceptan la independencia de este texto) para crear una suerte de hagiografía de Rodrigo destinada a favorecer el culto cidiano en el monasterio y a atraer visitantes y donaciones. Se ha conservado gracias a su utilización en la Estoria de España alfonsí en una de las secciones del manuscrito facticio Esc. X-I-4 (fols. 200-256c, mano E2d de D. Catalán), en el que se ensambló para suplir una importante laguna. La segunda, la Crónica de Castilla (c. 1295-1300), es una refundición seccional de la Estoria de España centrada en el reino de Castilla entre Fernando I y Fernando III, en la que la figura del Cid cobra un papel importante, con especial atención a su juventud, hecho que ha llevado a pensar en un posible conocimiento y utilización de una *Gesta de las Mocedades de Rodrigo, posible fuente también de las Mocedades de Rodrigo, que no por casualidad se ha transmitido al final de uno de los manuscritos de la Crónica de Castilla, el manuscrito P (BNF Espagnol 12). La Crónica de Castilla prosifica también el Poema de mio Cid y el *Cantar de las particiones. Por último, la Crónica de 1344, redactada en portugués en 1344 por el conde de Barcelos, bisnieto de Alfonso X, ha transmitido prosificada una versión refundida del *Cantar de los siete infantes de Salas, diferente de la que recogen los historiadores alfonsíes, así como el *Cantar de Fernán González. De la primitiva redacción portuguesa no se ha conservado ningún original medieval manuscrito, pero sí dos copias del siglo XV de una traducción castellana, realizada poco después de la redacción de la obra, así como cinco manuscritos portugueses de una segunda redacción de la crónica, compuesta c. 1400. Recientemente Francisco Bautista ha descubierto una copia del s. XVI debida a Florián de Ocampo que transmite el original portugués de la Crónica de 1344, hallazgo sensacional que obliga a modificar de raíz el panorama editorial de esta obra.
El Cantar de los siete infantes de Salas, una historia de traiciones y brutales venganzas familiares, parece ser el más antiguo de todos los poemas épicos castellanos, compuesto quizá a principios del s. XI, y sin duda se trata de uno de los más influyentes, como revela el planto de Carlomagno ante la cabeza de Turpín en el fragmento conservado del Cantar de Roncesvalles, inspirado en el lamento de Gonzalo Gustioz frente a las cabezas de sus hijos, los siete infantes de Lara, en el palacio de Almanzor. Los restos de asonancia y huellas de oralidad reflejados en las crónicas permitieron a Ramón Menéndez Pidal ensayar un intento de reconstrucción de lo que debió ser la gesta primitiva en una madrugadora obra de juventud: La leyenda de los Infantes de Lara (1896). Resulta difícil aventurar una cronología precisa para el resto de los poemas épicos perdidos, más allá de la posibilidad de fijar un término ante quem en la redacción de la Estoria de España en sus distintas versiones en el último cuarto del siglo XIII.
Poemas dudosos

Los poemas épicos mencionados en el apartado anterior pertenecen a la categoría de lo probable y, pese a algunas voces discordantes, en general los críticos fían su existencia al poderoso argumento del testimonio indirecto que proporcionan las crónicas. Otros posibles poemas barajados por la crítica y adscritos al género épico entran de lleno en el terreno de lo improbable: así es el caso, a nuestro juicio, de un hipotético *Cantar de la Campana de Huesca, de un *Cantar de la condesa traidora y de toda la producción épica que Menéndez Pidal conjeturó compuesta en la etapa visigoda. Tampoco puede considerarse una composición épica stricto sensu el Poema de Alfonso XI (1348), escrito en 2458 cuartetos octosílabos, ni el Poema de Fernán Gonzalez (c. 1250), compuesto en cuaderna vía, por más que este aprovechara un anterior y hoy perdido *Cantar de Fernán González.
Pervivencia de la épica
El traslado en el año 1102 de los restos del Cid desde Valencia al monasterio de San Pedro de Cardeña, a escasos 10 km de Burgos, y los posteriores enterramientos en el monasterio de su mujer doña Jimena y del primer obispo de Valencia, Jerónimo de Perigord, crearon el caldo de cultivo ideal para que se gestara allí un incipiente culto cidiano. Al igual que sucedió con otros centros monásticos, los monjes explotaron la tumba del Cid y las reliquias cidianas, reales o supuestas, para atraer visitantes y donaciones, como han estudiado C. Smith e I. Zaderenko. Quizá a este culto cidiano se deba la afortunada conservación del códice único del Poema de mio Cid, que tal vez fuera una copia destinada al scriptorium de Cardeña, y sin duda el Epitafio épico del Cid obedece a una iniciativa caradignense, pues se encontraba grabado en piedra en la tumba de Rodrigo. Como queda dicho, los monjes también contribuyeron a alimentar el mito cidiano con la elaboración de una obra entre la historiografía y la hagiografía, la citada *Leyenda de Cardeña. Dos obras relacionadas con Cardeña, el Libro de Memorias y aniversarios (HSA HC:NS7/1) y el llamado Breviario de Cardeña de 1327 (RAH cód. 79), contienen detalles interesantes acerca del Cid y su familia, y más interesante resulta constatar que algunos de ellos solo pueden proceder de los textos épicos. La publicación en Burgos en 1512 de la Crónica particular del Cid a instancias del abad de Cardeña redondea y confirma el importante papel desempeñado por este monasterio como centro de culto cidiano y difusor de leyendas épicas. Precisamente gracias a este impreso se conocen dos textos que hasta tiempos recientes habían pasado inadvertidos: el ya mencionado Epitafio épico del Cid y la Genealogía del Cid. Un texto que contribuyó de manera poderosa a difundir y popularizar la materia épica a finales de la Edad Media es la Crónica abreviada de España de Diego de Valera, impresa en 1482, pues de ella se sirvieron, al límite del plagio, los anónimos compiladores de la Crónica popular del Cid, impresa en 1498, de la Crónica (breve) de Fernán González, impresa en 1511 y de la Historia breve del muy excelente cavallero el conde Fernán González, impresa en 1537 (se trata, en realidad, de la Historia arlantina de Fernán González).
Decisiva para la preservación de la memoria de los antiguos cantares de gesta épicas fue la impresión en 1541 de Las quatro partes enteras de la Crónica de España que mandó componer el serenísimo rey don Alfonso llamado el Sabio, edición al cuidado de Florián de Ocampo, cronista oficial de su majestad imperial Carlos V. La edición de Ocampo serviría de inspiración al romancero nuevo y a los dramaturgos del Siglo de Oro, que encontraron en las antiguas leyendas épicas un rico entramado de venganzas, traiciones y hechos heroicos que adaptaron al gusto de los espectadores de su época.
Son precisamente todas estas obras historiográficas y genealógicas las que, paradójicamente, conservaron viva la memoria de la épica a lo largo de los siglos XV y XVI, cuya voz desapareció de las bocas de los juglares para refugiarse en las paginas de las crónicas y, desde estas, resurgir con voz nueva en el romancero: la historiografía romance asfixió y ahogó el género épico y, al tiempo, lo resucitó en prosa para volverlo a revivir en verso en el romancero. Una parte de esos romances se inspira en los temas y motivos del ciclo épico cidiano y, por haberse originado en la Edad Media (los romances más antiguos de los que se tiene constancia son del siglo XIV) se denominan «romances viejos», frente a los «romances nuevos» que se popularizaron desde mediados del siglo XVI. Una de las publicaciones más relevantes es el Romancero e historia del Cid de Juan de Escobar, impreso en Lisboa en 1605.

El teatro áureo hermanó estos dos géneros, historiografía y romancero, para dar lugar a una serie de comedias sobre los protagonistas de los antiguos poemas épicos. La más famosa, sin duda, es las Mocedades del Cid, de Guillén de Castro (1605-1615), germen de la inmortal tragedia de Pierre Corneille, Le Cid (1636), obra maestra del teatro clásico francés. En los siglos de Oro pasaron a las tablas más de 100 comedias relacionadas con la materia cidiana, entre las que destacan las de Juan de la Cueva y Lope de Vega, comedias en las que se explotaron los principales motivos cidianos: las mocedades del héroe, el romance de Rodrigo y Jimena, las hijas del Cid, sin que falte un Cid a lo divino y otro burlesco (Mojiganga del Cid). El Cid áureo, el del romancero y el teatro, se parecen más al vasallo rebelde y altanero de las Mocedades que al estratega magnánimo y mesurado del Poema de mio Cid.
La excepcional labor editorial del filólogo y bibliotecario real Tomás Antonio Sánchez (1723-1802) rescataría del olvido la épica primitiva con la publicación en letra impresa del Poema de mio Cid en su colección Poesías castellanas anteriores al siglo XV (1779). Antes del siglo XVIII el texto era conocido solo por algunos pocos eruditos, como Juan Ruiz de Ulibarri o Prudencio de Sandoval, que pudieron consultar el códice único en Vivar. A partir de la impresión de Sánchez se sucedieron las ediciones, entre ellas las de Damas Hinard (1858), Florencio Janer (1864) o Andrés Bello (1881). La convocatoria de un concurso de la Real Academia Española en 1892 para premiar un estudio gramatical del Poema de mio Cid serviría de acicate a un jovencísimo Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) para presentar una edición acompañada de un vocabulario y un estudio lingüístico que, a la postre, se impondría a otros cuatro candidatos en 1895, entre ellos Miguel de Unamuno. Con su edición del Cid, publicada entre 1908-1911, Menéndez Pidal sentó las bases para el estudio científico de la épica, inauguró en España un modelo de edición de textos y fundó una disciplina, la Filología, a la altura del estado de consolidación y desarrollo que esta había alcanzado en Francia y en Alemania. El resto es historia viva de la Filología Española: gracias a Ramón Menéndez Pidal, el último de los juglares y el primero de los filólogos, ayer como hoy, «polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga».

Prontuario bibliográfico
La mejor síntesis iniciática sobre la épica española sigue siendo, pese a su antigüedad, el librito de Alan Deyermond, «El Cantar de mio Cid» y la épica medieval española, Barcelona, Sirmio, 1987, que puede complementarse con la más densas y complejas obras de Ramón Menéndez Pidal, La épica medieval española. Desde sus orígenes hasta su disolución en el romancero, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, Diego Catalán, La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2001 y Fernando Gómez Redondo, Historia de la poesía medieval castellana. Tomo I. la trama de las materias, Madrid, Cátedra, 2020, pp. 71-286. Muy útil es también el catálogo de Alan Deyermond, La literatura perdida de la Edad Media castellana. Catálogo y estudio. I. Épica y romances, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1995, pues sirve para hacerse una idea de los poemas perdidos y su azarosa transmisión en las crónicas.
Dada la importancia de las crónicas y, en especial de la Estoria de España de Alfonso X para la recuperación de los poemas perdidos, prosificados o resumidos en sus páginas, resulta esencial manejarse en la selva historiográfica de textos, versiones y manuscritos relacionados con la compilación alfonsí y su tradición textual derivada y, para ello, la mejor aguja de marear son los trabajos clásicos de Diego Catalán, La historia de España de Alfonso X. Creación y evolución, Madrid, Fundación Ramón Menéndez Pidal, 1992 e Inés Fernández-Ordóñez, Alfonso X el Sabio y las crónicas de España, Valladolid, Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones, 2001.

Para el caso del Poema de mio Cid, resulta fundamental la síntesis de Alberto Montaner e Irene Zaderenko (eds.), A Companion to the Poema de mio Cid, Leiden, Brill, 2018 y el estudio de Colin Smith, The making of the Poema de mio Cid, Cambridge, Cambridge University Press, 1983.

En el caso de las Mocedades de Rodrigo, son imprescindibles las monografías de Alan Deyermond, Epic Poetry and the Clergy: Studies on the «Mocedades de Rodrigo», London, Tamesis Books, 1969 y Samuel G. Armistead, La tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2000. En cuanto al Poema de Fernán González, el panorama crítico más actualizado se encuentra en el capítulo correspondiente del libro coordinado por Alberto Montaner e Irene Zaderenko, El Mester de Clerecía de los siglos XIII y XIV. Nuevo panorama crítico, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2024. Para la materia carolingia y su ciclo épico es parada obligatoria el libro de Francisco Bautista Pérez, La materia de Francia en la literatura medieval española. La «Crónica carolingia». Flores y Blancaflor, Berta y Carlomagno, Logroño, CiLengua, 2008.
Estos estudios pueden completarse con las ediciones más relevantes de los textos: las de Alberto Montaner, Cantar de mio Cid, Madrid, Real Academia Española, 2011, Leonardo Funes; Felipe Tenenbaum, Mocedades de Rodrigo, Woodbridge, Tamesis, 2004, Ramón Menéndez Pidal, Cantar de mio Cid. Texto, gramática y vocabulario, Madrid, Espasa-Calpe, 1976-1980, Jules Horrent, Roncesvalles. Étude sur le fragment de cantar de gesta conservé à l’Archivo de Navarra (Pampelune), Paris, Les Belles Lettres, 1951 e Itzíar López Guil, Libro de Fernán Gonçález, Madrid, CSIC, 2001. Dos son las antologías capitales para disfrutar de una lectura selectiva de los textos épicos: las Reliquias de la poesía épica española. Acompañadas de epopeya y romancero, I., Segunda edición. Reproducción de la ed. príncipe de dos obras de R. Menéndez Pidal, con una introducción crítica de Diego Catalán, Madrid, Seminario Menéndez Pidal, UCM, 1980 y Carlos Alvar y Manuel Alvar, Épica medieval española, Madrid, Cátedra, 1994.
La lectura de estas veinte referencias acota un punto de partida razonable para adentrarse con confianza y seguridad en el mundo de la épica medieval castellana.